Última ronda y sale un presidente/a

 


Señor Director:


En la antesala de una elección que marcará un punto de inflexión en nuestra vida republicana, considero oportuno expresar una reflexión que nace desde la responsabilidad cívica y el compromiso democrático. No pretendo con estas líneas orientar el voto de nadie, sino compartir una inquietud que creo legítima en el marco del debate público que enfrenta el país.


Durante las últimas semanas, el programa del candidato José Antonio Kast ha estado en el centro de la discusión, sobre todo por las transformaciones que propone en materias sociales, institucionales y laborales. Su eventual implementación implicaría un reordenamiento profundo del sistema político y administrativo, cuyos efectos deben ser revisados con rigor y serenidad.


Me preocupa especialmente que algunas de sus iniciativas, como la eliminación de ciertos beneficios sociales o la revisión de avances laborales ya consolidados, representen un retroceso respecto de conquistas que han fortalecido la cohesión y estabilidad social. No se trata de desestimar la necesidad de ajustes o reformas, sino de resguardar que estos no comprometan derechos que han costado décadas construir.


En este sentido, inquieta la posibilidad de que se reinstalen lógicas que la ciudadanía ya ha superado: modelos que privilegian la contracción del Estado en áreas esenciales y que pueden profundizar desigualdades que aún persisten. El desafío del Chile actual requiere modernización, sí, pero una modernización que avance, no que retroceda.


A ello se suma un elemento que considero crucial: el clima emocional que rodea la política contemporánea. Los discursos que se apoyan en el miedo, la sospecha o la división no contribuyen a fortalecer la institucionalidad ni el diálogo democrático. Por el contrario, erosionan la confianza colectiva y dificultan la construcción de un proyecto común.


Un país que aspira a desarrollarse plenamente necesita líderes capaces de convocar, no de fragmentar; de ofrecer certezas, no de instalar temores; de comprender la complejidad del Chile actual, no de refugiarse en paradigmas que ya no dialogan con la realidad contemporánea. La conducción política exige altura, serenidad y una visión estratégica que privilegie el bien común.


De cara a la jornada electoral de este domingo, mi mayor deseo es que la ciudadanía ejerza su derecho con información amplia, con análisis profundo y con plena conciencia de las implicancias que cada proyecto propone. Lo que está en juego no es solo un gobierno, sino la dirección que tomará el país en los próximos años.


Confío en que, cualquiera sea el resultado, prevalezca la responsabilidad democrática, el respeto a nuestras instituciones y la voluntad colectiva de seguir construyendo un Chile más justo, más estable y más digno para todos.

Atte 

Ismael C.

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