Democracia siempre en unidad


                   


 Querido Lector:

Nos encontramos en la recta final hacia unas elecciones que, sin duda, marcarán un hito en la historia reciente de Chile.

Este proceso democrático siempre es motivo de reflexión, pues de sus resultados depende en gran medida el rumbo político, social y económico del país.

Sin embargo, hoy quiero detenerme en una preocupación que me parece urgente: el futuro de la democracia misma.

Desde el retorno a la vida democrática, tras los oscuros años de la dictadura, hemos construido un sistema que se ha sostenido sobre la base del diálogo y el acuerdo.

Por más de tres décadas, nuestra democracia se ha caracterizado por ser una socialdemocracia moderada, con gobiernos que, más allá de sus diferencias, han buscado puntos de encuentro para avanzar en beneficio de la nación.

En ese camino hemos visto desfilar a presidentes y presidentas de distintas sensibilidades políticas: la Democracia Cristiana, el Partido Socialista con Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, la derecha liberal representada en Sebastián Piñera, y en la actualidad el presidente Gabriel Boric.

Cada administración, con sus luces y sombras, ha comprendido que Chile solo avanza cuando se privilegia el consenso por sobre la confrontación.

Hoy, sin embargo, el escenario se muestra distinto y, a ratos, inquietante.

La contienda presidencial se encamina a una definición entre dos candidaturas que representan extremos ideológicos: José Antonio Kast, desde la ultraderecha, y Jeannette Jara, desde la izquierda más radical, ligada al Partido Comunista.

Ambas opciones, legítimas en el marco democrático, despiertan temores comprensibles en un país que ha vivido de los equilibrios y no de los extremos.

Porque un gobierno que se sitúe en los polos más duros de la política, lejos de tender puentes, corre el riesgo de levantar muros que dividan aún más a la sociedad.

No se trata de negar las convicciones de cada candidato, sino de advertir que la gobernabilidad se construye desde la moderación y la capacidad de dialogar con quienes piensan distinto.

Además, Chile no vive aislado. Nuestras decisiones políticas tienen repercusiones en la arena internacional.

Estados Unidos, socio estratégico de nuestro país, difícilmente vería con buenos ojos una administración encabezada por una presidenta comunista, y aquello podría tensionar nuestras relaciones exteriores.

Del mismo modo, un eventual gobierno de ultraderecha podría aislar a Chile en diversos foros multilaterales, cerrando puertas que durante décadas hemos logrado abrir con esfuerzo y perseverancia.

En este contexto, lo que está en juego trasciende lo meramente electoral: se trata de decidir qué tipo de país queremos legar a las futuras generaciones.

Por ello, mi invitación es a que la ciudadanía vote con responsabilidad, informándose, dialogando y reflexionando más allá de las etiquetas políticas. No se trata de elegir entre “izquierda” o “derecha”, sino de pensar en el bienestar común y en el futuro de hijos e hijas.

Que estas elecciones nos encuentren unidos en la diversidad, con la esperanza puesta en un Chile que no renuncie jamás al diálogo, a los acuerdos y al espíritu democrático que tanto nos ha costado recuperar.

Atentamente

Ismael C.


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