Chile merece resurgir


Señor Director:


En los últimos días, he leído con especial atención la homilía pronunciada en el Te Deum 2025 por el Cardenal Fernando Chomali, en la Catedral Metropolitana. En ella se nos propone un ejercicio de profunda reflexión sobre el alma de Chile, su presente y su futuro, y me parece pertinente, como ciudadano y académico, compartir algunas consideraciones que surgen de esta interpelación.


El primer punto que me ha parecido de la mayor relevancia es la afirmación de que la educación constituye la prioridad nacional. No es un lugar común repetirlo, sino una urgencia impostergable. Una sociedad que se acostumbra a la mediocridad intelectual, que se conforma con el pragmatismo de la técnica sin fundamentos éticos, termina por erosionar sus propias bases culturales y democráticas. Sin una educación integral, que cultive no sólo conocimientos, sino también virtudes, Chile seguirá reproduciendo desigualdades y violencias.


El segundo aspecto central de la homilía es la apelación a los jóvenes. Frente a ellos, el Cardenal recordó que son la fuerza viva de la nación y que en sus manos está el porvenir. No obstante, la pregunta que cabe plantearse es si los adultos, en nuestras diversas responsabilidades sociales, políticas y económicas, estamos entregándoles las condiciones necesarias para desplegar esos talentos. No podemos exigir liderazgo y compromiso a quienes heredarán un país marcado por la precariedad educativa, la inseguridad y la desigualdad.


Asimismo, el Arzobispo de Santiago ha subrayado con fuerza que la violencia y la inseguridad que nos aquejan no son sólo problemas policiales, sino culturales. Coincido plenamente en ello. La violencia se alimenta de la falta de diálogo, de la ausencia de referentes éticos y de la degradación de la vida pública. Mientras no asumamos que la raíz de la crisis es espiritual y cultural, seguiremos errando en diagnósticos y políticas fragmentadas.


En este marco, resulta valioso rescatar lo que él denomina los “cimientos de Chile”: la familia, la fe, la democracia y la solidaridad. No se trata de un discurso nostálgico, sino de reconocer que allí reside nuestra mayor fortaleza. Si debilitamos esos pilares, ya sea relativizando la importancia de la familia, menospreciando la fe, trivializando la democracia o enfriando la solidaridad, terminaremos por dejar a nuestra patria sin raíces y sin horizonte.


Uno de los llamados más significativos de la homilía es a “pensar en grande”. En una época donde predominan el cortoplacismo político y la mezquindad de intereses particulares, esa invitación se vuelve urgente. Pensar en grande significa construir un proyecto común, recuperar la ética como guía de la vida pública y personal, y fortalecer la dimensión comunitaria frente al individualismo exacerbado.


No podemos desconocer que Chile enfrenta hoy profundas fracturas sociales y políticas. El diagnóstico de la homilía es claro: la barca de la nación parece zarandeada por disputas ideológicas y económicas, mientras olvidamos remar juntos hacia el bien común. Es hora de reconocer que sin unidad en lo esencial —la dignidad de la persona, la justicia social y la esperanza compartida—, cualquier avance será ilusorio y efímero.


El Cardenal también nos recuerda que la política debe ser entendida como una de las formas más altas de caridad. Esa afirmación, inspirada en el Papa Francisco, interpela a quienes ejercen liderazgo público. La ciudadanía necesita autoridades probas, consecuentes y dispuestas a encarnar valores de justicia y servicio, no de propaganda o marketing. Recuperar la confianza en la política es condición sine qua non para superar la crisis de representación.


Del mismo modo, la homilía nos invita a reconocer la dimensión humana de las grandes problemáticas sociales. El relato del interno abrazado a su familia en la cárcel de Colina II nos confronta con una verdad dolorosa: si no cambiamos el rumbo educativo, económico y cultural, ese niño probablemente heredará un destino de privación y encierro. Ese ejemplo resume con claridad el desafío ético y político de nuestro tiempo.


En definitiva, la homilía del Te Deum 2025 constituye un llamado a la responsabilidad colectiva y personal. Es una invitación a detenernos, pensar y actuar con grandeza de espíritu, para no traicionar la herencia recibida ni hipotecar el futuro de las nuevas generaciones. Chile necesita altura de miras, valentía moral y un compromiso real con el bien común.


Le saluda atentamente,

Ismael C.

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