Comentarios a la exhortación Apostólica del Papa León XIV
Señor Director:
He leído con sincera emoción la reciente exhortación apostólica del Santo Padre León XIV, publicada el 4 de octubre, en la memoria de San Francisco de Asís, y siento el deseo de compartir algunas reflexiones personales nacidas de su lectura. Sus palabras, llenas de ternura y de verdad, me han hecho pensar en el poder del amor como fuerza transformadora, y en la Iglesia que estamos llamados a construir hoy.
El Papa afirma que “los milagros no tienen límites: son para lo imposible”, y al leerlo, me quedé contemplando esa frase como una oración. Vivimos en una época donde se habla mucho de límites, de imposibles y de fronteras; pero el Papa nos recuerda que el amor auténtico, cuando es vivido desde Dios, abre caminos donde antes sólo había muros. El milagro es, en definitiva, el fruto de un corazón que se atreve a creer, incluso cuando todo parece perdido.
La exhortación me conmovió especialmente cuando el Santo Padre nos dice que “el amor es ante todo un modo de concebir la vida, un modo de vivirla”. Cuántas veces reducimos el amor a un sentimiento pasajero o a un gesto aislado, cuando en realidad debería ser el principio que guía cada una de nuestras acciones, nuestras relaciones, nuestras decisiones. Amar no es sólo sentir, sino elegir: elegir el bien, elegir la vida, elegir al otro por encima del propio egoísmo.
Y entonces, el Papa nos invita a imaginar una Iglesia que no pone límites al amor, una Iglesia que no tiene enemigos a quienes combatir, sino hombres y mujeres a quienes amar. Me detuve largo rato en esa imagen. Porque esa es la Iglesia que el mundo anhela, aunque a veces no lo sepa: una Iglesia abierta, misericordiosa, que acoge sin juzgar, que sana sin condiciones, que acompaña sin medir. Una Iglesia que no teme la fragilidad humana, sino que la abraza como el mismo Cristo lo hizo.
En sus palabras hay también una profunda dimensión social. El Papa nos recuerda que el amor no se queda en la teoría, ni en los templos, ni en los discursos, sino que se encarna en el trabajo diario, en el compromiso por transformar las estructuras injustas, y en esos gestos sencillos y personales de ayuda que, aunque parezcan pequeños, tienen el poder de cambiar una vida. Y pienso entonces en todas las manos que se tienden en silencio, en las lágrimas compartidas, en los abrazos que sanan más que cualquier discurso.
Cuando leo: “Será posible para aquel pobre sentir que las palabras de Jesús son para él: Yo te he amado”, no puedo evitar emocionarme. Porque detrás de esa frase hay un llamado muy concreto: el de hacer visible el amor de Dios a través de nuestras acciones. Que cada persona —el enfermo, el anciano, el olvidado, el migrante, el niño abandonado— pueda descubrir, a través de nosotros, que el amor de Cristo también lo alcanza.
Personalmente, esta exhortación me ha hecho mirar hacia dentro. Me ha preguntado cuántas veces pongo límites al amor, cuántas veces elijo la comodidad antes que la entrega. Y también me ha recordado que la fe no consiste en defender ideas, sino en testimoniar el amor. No se trata de ganar debates, sino de ganar almas con la dulzura del Evangelio.
En un mundo donde el ruido, la división y la violencia parecen tener la última palabra, el mensaje del Papa resuena como un susurro de esperanza. Nos invita a redescubrir la ternura como fuerza revolucionaria, a mirar al otro con la mirada de Cristo, que nunca ve enemigos, sino hijos amados del mismo Padre.
Pienso también que no es casual que esta exhortación haya sido dada el día de San Francisco de Asís, el santo que entendió que el amor a Dios pasa por el amor a toda criatura. Como él, el Papa nos llama a vivir una espiritualidad de lo sencillo, de lo fraterno, de lo que abraza la vida en todas sus formas. San Francisco fue testigo de un amor que se hace pobre para enriquecer, que se hace pequeño para elevar, que se hace silencio para escuchar.
Termino esta reflexión con gratitud. Porque esta exhortación no es sólo un documento eclesial, sino una invitación a la conversión del corazón, a vivir el Evangelio sin reservas, a ser testigos de un amor que no conoce límites. Creo sinceramente que si cada cristiano tomara en serio este llamado, el rostro de la Iglesia y del mundo cambiaría radicalmente.
Atentamente,
Ismael C.



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