La violencia pan de cada día

         


Señor Director:

Durante los primeros días de este mes hemos sido testigos de hechos de violencia que no solo conmocionan, sino que también evidencian una crisis de seguridad que amenaza con profundizarse. Cinco homicidios registrados en distintos sectores del país, sumados al macabro hallazgo de torsos humanos en maletas en la comuna de Pudahuel, en las inmediaciones de Noviciado, constituyen un cuadro alarmante que no puede ser considerado como simples episodios aislados.

La reiteración de crímenes de esta magnitud revela la consolidación de dinámicas delictuales que parecen cada vez más sofisticadas y deshumanizadas. No se trata únicamente de homicidios, sino de señales de criminalidad organizada que utiliza métodos de amedrentamiento con alto poder simbólico, generando terror en la ciudadanía y un sentimiento de completa indefensión.

Las comunas periféricas, en particular, son las más castigadas. Barrios que históricamente han debido enfrentar carencias sociales y estructurales ahora viven con el peso adicional de la violencia extrema. Vecinos que hasta hace algunos años podían circular con relativa tranquilidad hoy confiesan no saber qué hacer frente al avance del delito. Este deterioro sostenido en la convivencia urbana refleja la ausencia de respuestas integrales y efectivas por parte de las instituciones responsables.

No es suficiente con aumentar patrullajes esporádicos o instalar cámaras que, en la práctica, terminan siendo testimoniales. La magnitud del problema exige políticas públicas urgentes que integren prevención, persecución penal eficaz y una coordinación real entre las policías, la fiscalía y los municipios. De lo contrario, seguiremos enfrentando una escalada que amenaza con normalizar lo inaceptable.

La ciudadanía requiere certezas. La seguridad no puede seguir siendo un bien de acceso desigual, donde algunos sectores cuentan con protección reforzada mientras otros quedan a merced de organizaciones criminales. La percepción de abandono estatal en comunas periféricas no solo erosiona la confianza en la autoridad, sino que alimenta un caldo de cultivo para nuevas expresiones de violencia.

Es imperativo comprender que cada homicidio no es solo una cifra en una estadística: detrás de ellos hay familias destrozadas, comunidades atemorizadas y un tejido social que se resquebraja. La fragmentación social es el terreno fértil para que el delito prospere y se expanda.

Si no existe una intervención decidida, multidisciplinaria y sostenida en el tiempo, corremos el riesgo de perder territorios completos en manos de estructuras criminales que operan con lógicas propias y que imponen el miedo como norma de convivencia. No podemos permitir que la indiferencia o la demora se conviertan en complicidad involuntaria.

El país requiere un acuerdo nacional serio y sin cálculos políticos en torno a la seguridad. Las muertes ocurridas en este inicio de mes son una advertencia dolorosa y contundente: es hora de actuar antes de que la violencia se normalice y se convierta en una característica estructural de nuestra vida cotidiana.

Atentamente,

 Ismael C.

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