Maduro Game Over
Me dirijo a usted con el propósito de expresar una reflexión profunda y necesaria sobre la tragedia política, social y humana que atraviesa la República Bolivariana de Venezuela desde hace ya varios años.
Es de conocimiento público que el régimen encabezado por Nicolás Maduro es heredero directo del proyecto político instaurado por Hugo Chávez, fallecido en 2013, un modelo que prometió justicia social y terminó derivando en una de las crisis más severas del continente.
Venezuela, país que alguna vez fue considerado un referente de prosperidad económica y riqueza natural, hoy enfrenta un panorama de desamparo generalizado en los ámbitos económico, social y sanitario.
La destrucción de su aparato productivo, el colapso de los servicios públicos y la migración forzada de millones de ciudadanos son consecuencias directas de una administración marcada por la corrupción, la mala gestión y el abuso de poder.
El actual régimen no solo dilapidó recursos extraordinarios provenientes del petróleo, sino que además se apropió de ellos en beneficio de una élite gobernante, dejando a la población sumida en la pobreza y la desesperanza.
Resulta profundamente incomprensible que, pese a esta realidad, aún existan sectores que intenten presentar al gobierno de Nicolás Maduro como una supuesta víctima de fuerzas externas, ignorando la responsabilidad interna y directa de sus decisiones.
El quiebre del orden democrático en Venezuela es una responsabilidad exclusiva del régimen, que rechazó de manera sistemática múltiples oportunidades de diálogo y de transición pacífica.
En lugar de optar por una salida institucional y consensuada, eligió el camino de la soberbia, el desprecio por la voluntad popular y la represión, arrastrando a su propio pueblo a una confrontación que nadie deseaba.
La comunidad internacional fue testigo de cómo se cerraron espacios democráticos, se persiguió a la oposición política y se vulneraron derechos humanos fundamentales de forma reiterada.
Durante la presidencia de Donald Trump, la situación venezolana adquirió una dimensión geopolítica mayor, marcada por sanciones, presiones diplomáticas y un discurso de confrontación que reflejó la gravedad del conflicto.
Sin embargo, más allá de los intereses estratégicos y energéticos que rodean a Venezuela, el centro del debate debe seguir siendo el sufrimiento del pueblo venezolano y su legítimo derecho a vivir en libertad y dignidad.
Ninguna potencia extranjera es responsable del saqueo institucional, de la destrucción del Estado de derecho ni del empobrecimiento sistemático de la población venezolana.
Pretender reducir esta tragedia a un relato de victimización externa es negar la verdad y prolongar la impunidad de quienes han gobernado sin rendir cuentas.
Venezuela necesita una reconstrucción profunda, basada en la democracia, la transparencia, la reconciliación nacional y el respeto irrestricto a los derechos humanos.
Solo reconociendo las responsabilidades reales y aprendiendo de los errores del pasado será posible abrir un camino auténtico hacia la paz, la justicia y el futuro que el pueblo venezolano merece.
Atentamente
Ismael C.



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